Angélica García

Carlos, con las manos crispadas en el volante y el rostro enrojecido de ira, esperaba poder avanzar en aquella larga fila de vehículos entre la que se encontraba encallado. No paraba de maldecir su suerte y se bajaba vociferando, cada cinco minutos. Juan, el conductor del vehículo de al lado, tarareaba una canción, despreocupadamente. De vez en cuando le dirigía una sonrisa a Carlos, quien no podía comprender cómo aquel hombre se encontraba tan calmado y sereno en tales circunstancias y su sonrisa lo enojaba aun más. "¿Por qué sonríe ese loco?" se decía, no podía entender la actitud de Juan. Carlos tenía un auto del año, un buen lugar en la sociedad, un buen puesto en una empresa importante y bastante dinero en el banco. Poseía todo lo que el mundo ofrece para ser feliz...pero no lo era. Juan, en cambio, tenía un auto pequeño, compacto y viejo, trabajaba como empleado en un supermercado, tenía una familia con la que vivía modestamente, pero era feliz con eso. Y es que Juan tenía algo que Carlos, con todo su dinero e influencias, no podía comprar: Paz en el alma.

La felicidad no se encuentra en lo externo, ni en las circunstancias que nos rodean. Sabemos que la fama y el dinero no dan la felicidad sino que más bien, destruyen moralmente a las personas y les quitan la paz. Quienes lo tienen todo, pierden el sentido de su vida, no tienen acceso a la esperanza, a los anhelos, a lo que alienta a vivir a las personas. Nunca saben si las personas que están a su alrededor les profesan una amistad o amor verdaderos o simplemente están a su lado por interés. ¿Quién pude tener paz dentro de sí en estas circunstancias?

La felicidad brota de un corazón puro y una conciencia limpia. En un corazón en donde existen la culpa, la amargura, el odio, los temores, los rencores, la falta de perdón, no hay cupo para la felicidad. Ningún momento feliz podrá disfrutarse con todo eso en el corazón, por eso una persona amargada jamás sonríe, todo lo ve oscuro. Para ser feliz, hay que desechar todas estas cosas de nuestro corazón y no hay mejor ayuda para esto que nuestro Señor Jesús. El limpia y sana nuestras heridas y convierte nuestro corazón en la casa perfecta para la felicidad.

Saber disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, como por ejemplo, contemplar a un pajarillo hacer su nido y alabar a Dios por eso, no es perder el tiempo, como muchos piensan, es saber vivir a plenitud, aprovechando cada pequeña cosa que el Creador nos regaló. Son gotitas de felicidad que sazonan la vida cotidiana. Se dice que nadie es completamente feliz y quizá sea cierto, nadie tiene momentos felices continuamente, por eso la felicidad la conforman esos pequeños y grandes momentos agradables de nuestra vida. Pero los cristianos tenemos a nuestro favor algo que sí es completo y constante, a pesar de las circunstancias que nos rodeen: EL GOZO.

El gozo del Señor es algo que llevamos dentro todo el tiempo, es el gozo de la salvación, el gozo de las promesas del Señor, el gozo de Su amor para con nosotros, en fin, todas esas cosas son "fijas" por decirlo así, por eso felicidad y gozo, no son la misma cosa. La felicidad depende en gran parte de nosotros mismos, el gozo viene de parte de Dios y es constante.

Ser feliz es un arte y de nosotros depende ser mejores artistas cada día. La felicidad es la capacidad de disfrutar la vida que se tiene, sin afanarse deseando la que no se tiene. Con nuestra esperanza siempre puesta en Dios, cerramos el paso al desánimo y la negatividad. Creyendo en Sus promesas, no decaemos ante la adversidad, porque sabemos que todas las cosas ayudan a bien a los que amamos a Dios. Y si nos vence nuestra debilidad humana y caemos, sabemos que El nos levantará.

Lo peor que puede perder el hombre es la esperanza. Sin esperanza, las preocupaciones y los problemas nos aplastan, nos fulminan. Por eso no dejemos de tener esperanza, creamos en las promesas de Dios.

El principal enemigo de la felicidad es el pecado. El mejor amigo de la felicidad es el amor. El amor es una llave mágica que abre las puertas a la felicidad. Es bien sabido que una persona que está enamorada, lo ve todo de color de rosa, he ahí una confirmación de que el amor hace ver la vida de otra forma. No hay mejor aliciente que el amor. Una persona que ama a los demás, tiene más momentos felices que una que no lo hace. Un corazón entregado a Cristo es un corazón que ha sido renovado, lavado con amor por El y ha sido llenado con paz y amor, un cuadro perfecto en el arte de ser feliz.